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Mi tio Emilio. Una vida y una BH en Clarés de Ribota.

En ocasiones toca contar las cosas en primera persona, y esta es una de ellas, soy Joaquin Sopena, sobrino de Emilio Sancho Torrubia y presidente de la Unión Ciclo Aragonesa.

Hace ya algún tiempo que en la asociación que presido y que tiene como objeto recuperar, reconocer y perpetuar la historia del ciclismo aragonés nos propusimos contar y recordar la importancia que supuso la bicicleta en los hogares del siglo pasado. Nuestros padres, madres, abuelos, abuelas, vecinos y como en mi caso, de nuestros tíos.

Emilio Sancho Torrubia o como todos lo conocían ¨Emilín¨, fue agricultor desde los 14 hasta los 65 años, era una persona especialmente alegre y positiva, tranquilo, sosegado, trabajador y como decía él, muy niñero, le encantaba bromear y jugar con los niños del pueblo.

Emilio nació el 12 de diciembre de 1937 en Clarés de Ribota, un pequeño pueblo de la Comarca de Calatayud dirección Soria y enclavado en el Sistema Ibérico con grandes costeras en sus calles y caminos de acceso. Emilio por desgracia nos abandonó el 12 de julio de 2023, fue enterrado en Villaroya de la Sierra a 17 kilómetros de su pueblo junto a su mujer Felisa Serrano Marco, vecina del pueblo. Antes de abandonarnos tuvimos el placer de recuperar su vieja bicicleta BH de 1951, de color rojo todavía brillante y junto a su sobrino David recordar sus diferentes usos y sus grandes recuerdos con ella.

BH de 1951

Emilín nos contó con orgullo que fue de las primeras bicicletas del pueblo y que un amigo de su padre la trajo, de primera mano, de una tienda de Zaragoza llamada bicicletas Modrego o algo parecido. Él, desde los 14 años, ayudaba en el campo a sus padres junto a su hermano y nada más llegar la bicicleta a casa ya empezó a desplazarse con ella por los campos para regar o realizar diferentes tareas como aventar el trigo y la cebada (ver vídeo). Eran tiempos duros de posguerra, pero no hay duda que en su recuerdo eran tiempos muy felices, se corta el aire en las melancólicas pausas mientras nos instruye en la forma de aventar el trigo y la cebada, también nos contaba como ponían las botas y la ajada en el portabultos trasero de su BH y sin haber salido el sol emprendía ruta por los campos para regarlos, hiciera frío o calor.

Recién cumplidos los 20 años, Emilio fue destinado a realizar el servicio militar obligatorio a la Base Aérea de Zaragoza, denominado por entonces popularmente como Aeródromo de Garrapinillos, y nuevamente salió a relucir su flamante BH roja. Con ella se desplazaba desde Clarés a la estación de ferrocarril que se encuentra a unos 3 kilómetros, subía al tren que venía de Soria con dirección Valencia vestido de militar que era obligatorio. En Calatayud cambiaba de tren para emprender ruta dirección Zaragoza, apeándose en la estación de Casetas, todo ello con su bicicleta en el vagón específicamente destinado para el trasporte de las mismas, desde allí a golpe de pedal recorría unos 15 kilómetros que tenía hasta el Aeródromo de Garrapinillos.

Antigua estación de Clarés de Ribota

Poco a poco aquel bonito día, que vivamente guardo en mi retina, llegaba a su fin, pero antes Emilín nos guardaba una última anécdota de la vieja bicicleta.

Él junto a Cesáreo, Óscar y otro amigo solían bajar de fiesta desde Clarés a Villaroya, unos 15 kilómetros en clara pendiente descendente y por lo tanto otros tantos de subida en clara pendiente ascendente. Después de unos bailes y vinos que recordaba sentidamente, tocaba emprender la vuelta y a nosotros nos surgieron muchas dudas…

– ¿pero tío, ibais los 4 en la bicicleta?

– Si, si

– ¿y cómo era eso?

– A relevos

– ¿pero, cómo?

– Muy fácil, dos empezábamos en bicicleta y a unos 2 kilómetros más o menos la dejábamos en la cuneta y empezábamos a andar, cuando llegaban los dos que habían empezado andando, la cogían y cuando nos pasaban, a los 2 kilómetros la volvían a dejar y así hasta Villaroya.

Jajaja, en fin, otros tiempos está claro, también nos confesó que había días que la vuelta la tenían que hacer los cuatro a pie, perjudicados entre tanta cuesta, tantos bailes y tantos chatos…

Aquel día de familia, anécdotas y bicicletas terminó en la Venta de Malanquilla, el restaurante favorito de mi tío.

Valga este relato como un pequeño homenaje para mi tío Emilio y para tantos y tantos agricultores, campesinos y en general habitantes de los pueblos de Aragón que pueden sentirse identificados en esta historia.

La importancia que en nuestros antepasados tuvo un objeto de tres tubos, dos ruedas, un sillín y un manillar llamado BICICLETA sinónimo de libertad, autonomía e independencia.

Fdo. Joaquín Sopena Serrano

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